Cuando dejé de quejarme

«Cuando dejé de quejarme me hice consciente. Cuando dejé de quejarme comencé a aceptar ayuda. Cuando dejé de quejarme dejé de tomarme las cosas como algo personal. Cuando dejé de quejarme comencé a comprender y a aceptar».

A veces nos quejamos de otras personas: «Esa persona ME ha mentido».

A veces nos quejamos de lo que nos ocurre: «Qué mala suerte tengo»

A veces nos quejamos de nuestros políticos, de nuestro sistema educativo, de nuestra pareja, de nuestros hijos…

«Cuando nos quejamos, curiosamente no aceptamos la ayuda de los otros. Y curiosamente tampoco buscamos una solución».

Uno cae en un victimismo, en un darse pena a uno mismo, que crea incluso cierta adicción e incluso un modo de vida. Hay personas que se quejan muy a menudo, pero en realidad no desean resolver sus problemas.

Hace poco yo llevaba una temporada baja. Creía que estaba pasando por una fase de duelo por una serie de temas personales. Y lloraba muy a menudo. Me encerraba en casa y pensaba que era eso lo que debía hacer, porque pensaba que estaba escuchando mi tristeza. Cuando comencé a compartirlo con algunas personas, me di cuenta de que cuando me ofrecían su ayuda, su compañía, yo la rechazaba. Y a veces hasta me enfadaba con algunas, «porque tenían mejor suerte que YO», porque «a mi SIEMPRE me pasan estas cosas y NUNCA a los demás». De pronto ¡me di cuenta!, me estaba quejando. Estaba entrando en un punto de autocompadecerme, no de autocompasión. Son términos muy diferentes con diferentes consecuencias. Me estaba quejando. Me estaba dando pena de mi misma. Y por eso rechazaba la ayuda de los otros. Por eso no buscaba una solución. No deseaba salir de eso, porque eso, esa queja, hincha al ego, e hinchar el ego es una sensación que siempre gusta, aunque sea sufriendo.

Sonrío ahora al escribirlo y al recordarlo. Fué tan rápido el salir de ahí. Fué mágico. En cuanto tomé consciencia de que me estaba quejando, acepté la situación, me levanté y comencé a sonreír, como sonrío ahora.

Cuando una persona nos miente, no lo hacer para mentirnos a NOSOTROS. No es nada personal. Es el otro el que miente. Si no es a mí, mentirá a otro. Si la vida me trae un problema, una enfermedad, un accidente…, tampoco es nada personal. Simplemente me ha ocurrido a mí. ¿Por qué no? ¿Por qué yo iba a ser especial?

En la vida nos ocurren cosas. Algunas nos gustan y otras no. Pero aceptar lo que nos ocurre nos ayuda a comprender. Y cuando comprendí que me estaba quejando, comprendí y gané en consciencia. Dí un paso más.

«Si tiene remedio, ¿por qué te quejas?

Si no lo tiene, ¿por qué te quejas?».

Ocurra lo que ocurra, o hagamos o no hagamos. Pero no caigamos en la eterna queja, en la eterna búsqueda de disculpas para no actuar si es que tiene solución. Es fácil detectarlo en otros. No tanto en uno mismo. Por eso, volvemos a lo mismo: a la atención. Cuando presto atención a mis pensamientos, cuando me observo y soy testigo, puedo diferenciar al ego quejándose, hinchándose, casi alegrándose de que otra vez me ha pasado algo terrible. Porque tengo tan mala suerte…

Por eso, cuando dejé de quejarme, dejé de ser víctima para ser héroe.

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