Cuando me perdí

Cuando me perdí, dejé de meditar.

O debería decir… cuando dejé de meditar, me perdí.

No nos perdemos porque estemos en un entorno complicado, en un bosque en el que perdemos la perspectiva, o en un desierto sin referencias. Nos perdemos cuando ese bosque o ese desierto están dentro de nosotros. Nos perdemos cuando nuestro interior se vuelve oscuro, cuando no vemos la salida… o cuando ni siquiera sabemos que estamos perdidos.

Nos perdemos cuando nos dejamos llevar por las emociones, por los altibajos, por los excesos.

Nos perdemos cuando no nos damos cuenta, cuando dejamos de prestar atención a lo que nos ocurre.

Nos perdemos cuando no somos los dueños de ese foco de atención que rige nuestra vida.

A mi me gusta pensar que es como cuando el mar nos lleva, pero nosotros, en lugar de fluir con él, con confianza, tratamos de dirigirlo. Si nos hundimos, tenemos miedo y tratamos de nadar contra corriente. Si nos lleva encima de la ola, tratamos de ir más altos que él. Para mi esto son los altibajos de la vida. Para mi esto es perderse.

Cuando te mantienes enfocado, eres capaz de permitir que el mar te hunda y te eleve, sin luchar, con confianza. Y eres capaz de disfrutar de la calma y la serenidad que a menudo nos da este mar. Este mar que somos nosotros al fin y al cabo.

Cuando me perdí, dejé de meditar. 

Cuando me perdí, cabalgué sobre un caballo desbocado.

Cuando me perdí, perdí el respeto a mi misma.

Cuando me perdí, dejé de respetar a los otros. 

Cuando me perdí, me traicioné e hice cosas que jamás pensé que haría.

Cuando me perdí, traicioné a mis amigos por el mero hecho de ser “mejor”.

Cuando me perdí, tuve fases maníacas en las que me sentí la reina del mundo.

Cuando me perdí, creí y sentí que nadie me quería.

Cuando me perdí, dejé de quererme.

Cuando me perdí, dejé de meditar.

Cuando dejé de meditar, me perdí.

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