El difícil arte de sostener el llanto del otro

Hace poco una mujer sabia me dijo: «Mi madre siempre decía que había que llorar, y que había que llorar delante de otros». Yo le respondí: «Sí, es cierto, pero no es fácil encontrar gente con la que llorar». Hablábamos del llanto profundo de una persona que está en un proceso de duelo. Hablábamos del llanto necesario para atravesar aquello que cada uno tenga que atravesar en un momento determinado. De ese llanto que llega, tarde o temprano, tras un trauma del tipo que sea.

Nos asusta el llanto de los otros. Nos preocupa. Especialmente si les queremos, si son nuestros hijos, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestras parejas, nuestros amigos… Sentimos la necesidad de cortar ese llanto porque pensamos que así el otro dejará de sufrir. Y también, seamos honestos, para que nosotros mismos también nos quedemos más tranquilos. Cuando uno ve llorar a un ser querido, e incluso a un desconocido, uno mismo se siente mal, se siente incómodo cuanto menos. Es como si nos dijéramos: «Cortemos esto». Y tratamos de animarle.

Si no lloras, no tienes problemas, así que no he de preocuparme. Más de uno nos reconocemos en este pensamiento.

Desde pequeños a los niños se les dice «no llores», «no se llora», especialmente si uno es chico, o si es el mayor o la mayor de los hermanos. ¡Seamos fuertes! ¡Los fuertes no lloran! ¡Llorar es de débiles!

¿Pero qué nos pasa con el llanto?

El llanto drena, llorar es sano. Llorar nos ayuda a sacar todo aquello que vamos almacenando en nuestro inconsciente, que no queremos ver, pero que acaba saliendo. Hace dos días, hablando de esto con mi terapeuta, me decía: «Además, las lágrimas de uno vuelven a caer sobre nosotros. Sobre nuestra cara, se quedan en nuestras manos…» No es energía que perdemos, es energía que convertimos. Esas lágrimas nos limpian por dentro, y dejan espacio para que cosas maravillosas puedan florecer en nuestro interior: amor, creatividad, alegría, tranquilidad, crecimiento, consciencia, atención…

Llorar es desahogarse. Llorar es comprender y aceptar lo que nos pasa. Llorar es atravesar. Dice Alan Watts, entre otras cosas filósofo y sacerdote británico, que La mayor sabiduría reside al otro lado, inmediatamente al otro lado de la mayor desesperanza. Ese momento en que uno no encuentra salida, en que uno se siente bloqueado, está harto de todo, enfadado con la vida, muerto de miedo, triste hasta desear desaparecer… Ese momento puede cambiar y atravesarse si dejamos que el llanto salga.

Tememos llorar. Tememos que el llanto nos lleve a la depresión. Tememos llorar porque… ¿qué pasa si ahora empiezo a llorar y no paro? ¿No podré trabajar? ¿No podré cuidar de mi familia? 

Tampoco queremos llorar delante de muchas personas porque sabemos que se sentirán incómodas, preocupadas, sin saber qué hacer.

Podemos pedir ayuda, personal o profesional, incluso podemos advertir al otro: te llamo porque necesito llorar con alguien, y te he elegido a ti. El que llama es valiente y el llamado es afortunado.

¿Y qué hacer si somos los afortunados? Nada, sostenerlo. Aguantarnos observándonos a nosotros mismos mientras llora nuestro ser querido y ofrecerle sólo lo que necesita. ¿Y qué necesita? Necesita que se le sostenga, necesita que se le abrace, necesita que se le observe, que se le acoja y que se le reconozca ese llanto. Nada más y nada menos.

Un terapeuta cuando su paciente llora, lo cual es muy habitual, no hace nada. Le observa. Le da su más pura presencia. Le da su escucha, su mirada, su comprensión, su aceptación y su reconocimiento. Se valida así el llanto del otro, se le da cabida.

Sólo así uno puede aceptar que en determinados momentos se llora, a veces sin saber por qué. Mejor simplemente dejar que las lágrimas caigan. Unas veces serán en silencio, otras veces serán con gran congoja. Unas veces lo haremos en la intimidad de nuestro cuarto y en nuestra soledad. Otras veces querremos compartirlo con un profesional, o con alguien que nos importe.

Personalmente cuando alguien se abre a mi y me entrega su llanto, me entrega su vulnerabilidad. Me entrega uno de sus bienes más preciados y más escondidos. Y yo me siento honrada por ello. Y agradecida. Es para mi un honor, tanto a nivel personal como profesional, que alguien me elija para abrirse de ese modo, porque eso quiere decir que no se va a sentir juzgado ni criticado. Simplemente se va a sentir acompañado.

Efectivamente:

¡Seamos fuertes! Seamos capaces de desnudarnos, solos o con alguien a quien escojamos. Llorar no es de débiles. Llorar es de valientes que se atreven a entregarse al dolor y que saben que, al final, habrán subido a otro nivel. Si somos capaces de llorar podremos sostener el llanto del otro.

 

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7 Comentarios

  1. Carlota el 10 octubre, 2016 a las 08:45

    Me ha gustado mucho toda esa reflexión q haces sobre el llanto .Gracias si en algo te inspire .un abrazo

  2. Elena el 27 febrero, 2018 a las 08:41

    Nunca rechacé el llanto ajeno, es más, algunas veces me sumo a él sin quererlo ni pretenderlo. Empática perdía… pero grabando la inteligencia emocional, eh? 😉😘

  3. Elena el 27 febrero, 2018 a las 08:42

    Nunca rechacé el llanto ajeno, es más, algunas veces me sumo a él sin quererlo ni pretenderlo. Empática perdía… pero grabando la inteligencia emocional, eh? 😉😘

  4. Anónimo el 5 marzo, 2018 a las 10:48

    Comparto a pleno esta gran verdad. Por estar viviéndola en experiencias personales conmigo misma y con otras personas. Agradecida por el valor que me permite atravesar estas experiencias y aprender algo

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