Estrés en el aula

Es muy fácil crear estrés en un aula. Sólo tienes que ser autoritario, distante, y conviene que seas un poco antipático también.

Seguramente te ayude, si este es tu objetivo, el ser una persona insegura, que necesita marcar los límites desde la autoridad. También conviene que tengas pocas habilidades sociales, y si además te has doctorado en Harvard, eso te dará un cierto aire de prepotencia que se combinará muy bien con tu frialdad.

Asisto a un curso en el que los participantes somos adultos, provenientes de diferentes ámbitos profesionales y diferentes países, y cuyas edades están entre los 25 y los 55 años diría yo. Ayer tuvimos una clase con un hombre que calculo tendrá alrededor de los 50 años.

Este ponente llega muy serio, apenas saluda, nos trata de usted en un tono excesivamente distante y nos dice, también en un tono cortante, que apaguemos nuestros móviles y que si no lo hacemos, nos invita a que solucionemos lo que tengamos que hacer fuera del aula. También nos dice que si deseamos preguntar algo que levantemos la mano.

Insisto en el carácter voluntario de este curso, para adultos.

No critico que nos pida que apaguemos los móviles, ni que se levante la mano antes de preguntar. Deseo destacar la forma en que se nos pide y en el carácter autoritario e inquisidor del ponente.

Lo curioso, y es por lo que escribo esto, fue nuestra reacción.

Estábamos todos como niños en el colegio. De algún modo creo que la conducta de este hombre nos llevó a recordar momentos anteriores de nuestra historia educativa. A mi al menos me ocurrió eso.

Nadie miraba el teléfono. Nadie se movía. El ambiente era tenso. Y lo que es más importante: nadie se fue.

Hacía preguntas en un tono que, al menos a mi, me intimidaba. Y lo más curioso, esa autoridad me llevaba a equivocarme en las respuestas y a sentirme insegura de mi misma, al menos eso a mi me pasó. Seguro que mis sensaciones están determinadas por mi historia educativa, familiar y por mi propia personalidad, pero no creo que haya sido la única persona del aula a la que esto le ocurrió.

Siento que esa autoridad surge de su inseguridad o tal vez de su prepotencia. Yo he sido ponente muchas veces, aunque no he estudiado desgraciadamente en Harvard, y he visto a muchos asistentes escuchar atentos y a muchos otros bostezar o mirar sus móviles. Siento que es mi responsabilidad ocuparme de lo que estas conductas despiertan en mi, y entra dentro de mis competencias como comunicadora el ser capaz de hacer frente a las mismas.

En este curso siempre hay gente que se retrasa, entiendo que no por gusto. Es un curso de la tarde y no se nos ha dicho que la entrada estaba limitada hasta una hora determinada, como si fuera el teatro. Cada vez que alguien entraba, este hombre interrumpía su discurso y con un gesto antipático, miraba el reloj. De nuevo, a estas alturas de la vida, un ponente que se precie ha de ser capaz de continuar con su discurso, independientemente de que alguien llegue tarde, del mismo modo que se espera de nosotros continuar escuchándole.

El misterio del docente, del orador, del ponente, no está en prohibir o imponer una serie de conductas en su alumnado o en su público. El arte está en ser capaz de gestionar esa inseguridad, o ese exceso de seguridad, que las acciones de los otros generan en mi.

Y para cerrar con lo que comenzaba, para crear estrés no importa lo que se diga, importa cómo se diga.

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