La sombra de la mujer

Sombra es esa parte de nosotros que no deseamos ver. Esa parte que no nos gusta, y que cuando alguien nos la recuerda, o cuando la vemos ante un espejo, rechazamos.

Rechazamos con enfado, rechazamos culpando al otro. Hacemos lo que sea para no meterla dentro de lo que “soy yo”.

Nunca me he considerada activista de los derechos de la mujer… a pesar de ser una de ellas. Pero la vida es sabia, y me ha dado una hija que cada día se ocupa de recordarme las diferencias de género que aún existen. A menudo sus palabras me revolvían (y, honestamente, aún me revuelven a veces), porque me mostraban mi sombra.

Por otro lado, ayer discutía con una amiga que decía lo harta que estaba “con esta tontería de la huelga del día de la mujer”.

¿Por qué una mujer no apoya una causa que va en su favor?

Todas tenemos sombras. Pero siento que aún existe una cierta sombra colectiva, que nos recuerda, de algún modo, lo que “nos hemos dejado hacer”, o “lo que nos han hecho” o “lo que nos están haciendo”.

Cuando alguien me recuerda que no he sido capaz de hacer valer mis derechos, que no me he respetado, que me he dejado “aplastar”, me revuelvo. No me gusta reconocerlo. Las causas… muchas. Puedo sentirme débil, puede darme rabia… De cualquier modo, si me revuelvo, es que algo está pasando dentro de mi.

Cuando veo a una mujer delante de mi que lo ha hecho, que se considera igual que un hombre, que vive en equilibrio en este sentido con su pareja, que concilia su vida familiar con la profesional… me recuerda que yo no lo he hecho, y me revuelvo.

Pero ¡no ha sido debilidad! No ha sido tampoco CULPA de los hombres, ni de mis padres, ni de los políticos, ni de la sociedad. Ha sido simplemente producto de la evolución cultural y social. Forma parte del inconsciente colectivo, y forma parte de una ignorancia absolutamente comprensible. De una inercia de la que vamos despertando.

Argumentos como “bueno pero es que es la mujer la que libremente decide cuidar de sus hijos” o “siempre ha sido así” o “pues tampoco es para tanto” o “si es que a mi no me importa quedarme en casa” ya no me sirven. No me sirven porque aunque creamos que elegimos libremente, no lo hacemos. Mientras no seamos conscientes de las diferencias que aún existen, no seremos libres.

Sin enfado, sin atacar al hombre. Sin olvidar que somos diferentes. Y por supuesto sin que una ideología política se identifique con la igualdad. Solo desde la consciencia. Sin juicio.

Las cosas están cambiando. Hace tiempo que están cambiando, y se hace evidente de generación en generación. Pero aún falta.

A veces siento que la mayor enemiga de la mujer es la propia mujer. O mejor dicho, la sombra de la mujer. Esa sombra que hace que una mujer desprecie a otra porque libremente muestra su cuerpo. Esa sombra que hace que una mujer llame puta a la que se acuesta con un hombre casado. Esa sombra que hace que una mujer desprecie al hombre y le insulte, y que se siente amenazada por él porque le cede el paso o porque la invita a una copa. Esa sombra que hace que una mujer se ofenda porque un estudio muestre las diferencias de aprendizaje de hombres y mujeres.

Porque sí, la sombra, como es sombra… es difícil de ver y más aún de agarrar. Y la sombra sale en un sentido o en otro.

Pero la sombra existe porque hay luz. Y mientras haya luz, hay esperanza.

 

¡Comparte si te ha gustado!

4 Comentarios

  1. Rosa Maria Garcia el 8 marzo, 2018 a las 11:15

    Una maravilla. Gracias porque has sabido expresar todo lo que siento y yo no sé plasmarlo.

  2. María el 8 marzo, 2018 a las 15:21

    Fantástico artículo!! Muchas gracias!!

Deja un comentario