Por qué, por qué, por qué

Por qué la vida me pone algo delante, si luego no va a permitir que lo tome.

Por qué parece que las cosas van a salir “bien”, si luego todo se tuerce. ¿No habría sido mejor que no me pusiera todos esos caramelos delante?

A veces nos sentimos así, y nos hacemos esas preguntas, como si fuéramos el ombligo del mundo.

La vida te da lo que necesitas, no lo que quieres. Y, como me dijo hace poco mi hija: “Mamá, es que las cosas no ocurren por ti”. Efectivamente, la vida es la vida, no es mi vida.

Por qué el salmón sube el cauce del río y desova allí. Podía haberlo hecho en el mar, y se ahorra el esfuerzo.

Por qué el agua, hasta llegar al manso lago, ha de pasar por saltos y barrancos. Podía haber bajado recta, sin dificultades.

Pues sí, la Vida es misteriosa, los caminos del Señor son inescrutables y Dios escribe recto con renglones torcidos.

Intentamos responder a misterios desde nuestra mente humana. ¿Es que vamos a ser nosotros más inteligentes de Dios? ¿Es que vamos a saber nosotros más que la energía, más que ESO que estaba antes que nosotros?

Vivimos en un constante estado de alerta, de querer entender, cuando lo que tenemos que hacer es entregarnos al misterio.

Y en realidad, cuando nos entregamos, todo es más fácil, porque no tenemos nada que hacer. Hacer es cansado. Dejarte llevar, entregarte, confiar, es tan… agradable. Es como cuando haces el muerto en el mar, confiando en que no te engullirá. Confiando en que te mecerá con sus olas suaves. Lo más que puede ocurrir es que haya una ola algo más grande, que te hunda por un momento, pero que luego te devuelva a la superficie.

Pero cuántas veces estamos en el mar, flotando, y miramos hacia el horizonte para ver si vienen olas grandes o pequeñas. Nos falta la confianza que nos permitiría disfrutar del momento, porque nos dejamos dominar por el miedo. Por la duda.

¡Cuánto cuesta soltar ese control! ¡Cuánta energía desperdiciada en controlar lo incontrolable!

Una amiga me decía ayer que quería saber dónde estaba su hija cada día (estaba haciendo un viaje por Europa), sobre todo por “los atentados”. ¿Es que por saber dónde está tu hija, vas a evitar un atentado? Obviamente no. Si esa ola gigante que nos engulliría llegara, da igual que la esperemos alerta o dormidos. Nos engullirá del mismo modo.

Así que, ¿por qué no dejar de controlar? Y de nuevo aparece aquí el por qué. Por qué controlar. Por qué no controlar.

Y si soltamos tanto por qué… ¿qué pasaría?

 

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