No busques nada. Ya estás ahí.

Hoy al meditar sentía como si estuviera buceando. Esa sensación de avanzar por debajo del agua, por un lado para ver qué hay y, por otro, por la simple sensación de avanzar.

Centrada en esa… ¿cómo explicarlo?, en realidad es centrada en esa sensación. Es como una cueva estrecha pero agradable. Amigable.

Algún pensamiento me sacaba de ella, pero me resultaba muy fácil volver. Volver a esas profundidades marinas, a ese silencio, a esa calidez pacífica.

Hay un punto de búsqueda, de curiosidad, de anhelo por descubrir lo que hay más allá. Pero también está el simple (no tan simple) “ser”, “estar”, “sentir”.

Estuve a punto de encender la radio mientras hacía las tareas cotidianas, que a veces resultan tediosas. Pero no lo hice. Rescaté la sensación y la paz de la meditación y la tarea cotidiana se convirtió en algo agradable. Se convirtió en meditación.

No buscas nada, simplemente “eres”.

El pensamiento de “¡qué pereza recoger esto!” se transforma en el simple hacer. Pero con una gran diferencia: hay tranquilidad. No hay cuestionamiento de por qué hacerlo, simplemente se hace. Y entonces se descansa. Se saborea el placer del deber cumplido, del orden, de la atención puesta en el momento, en el aquí y ahora. Es como caminar: sólo se da un paso y luego otro, y luego otro. No hay más.

La tarea cotidiana se convierte entonces en ese mar profundo en el que estamos, que quizás no nos lleve a ningún sitio, porque en realidad YA ESTAMOS EN DONDE HEMOS DE ESTAR.

Te invito a que te lances al mar. Deja que sus aguas te acompañen. Descansa en ellas. Húndete en ellas. Siente cómo bajas, y bajas, y bajas… Escucha el silencio. Siente la temperatura. Es una sensación maravillosa.

Y llévate esa sensación fuera, a cada uno de tus pasos, a cada una de tus tareas.

No tienes que ir a ningún lado. Ya has llegado.

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